Cultura

Una tarde para disfrutar en Coyoacán

Coyoacan

Cierro el libro que tengo en mis manos, respiro profundamente y percibo la tranquilidad al gozar una tarde entre semana en una de mis librerías favoritas, el Centro Cultural Elena Garro, en Coyoacán, donde me alejo de aquellos pendientes laborales que sé que pueden esperar hasta mañana, para disfrutar el simple lujo de dedicar unas horas a nutrirme espiritual e intelectualmente.

La literatura me inspira a ver el mundo desde diferentes ángulos y, después de unos cuantos capítulos, estoy listo para salir a caminar por las calles aledañas del barrio, donde admiro cómo corre la vida mientras me doy el tiempo para analizarla.

Normalmente, primero me dirijo a la Plaza de la Conchita, con su hermosa iglesia edificada en 1525 por órdenes de Hernán Cortés. Caminar en este espacio histórico llena mi mente de paz, mientras percibo el entorno arbolado de este pequeño espacio público.

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Sigo por la calle Higuera, donde comienza a sentirse el ritmo coyoacanense, con sus restaurantes y cafeterías. Observo casi a detalle a quienes también pueden darse el tiempo de ordenar una bebida para enlazar enormes charlas hasta que cae la noche. Yo mejor me dirijo al Jardín Centenario, donde está uno de mis restaurantes favoritos, Corazón de Maguey, el cual ofrece una carta de sabores mexicanos que reúne diversos platillos de la República mexicana, un manjar para mi tarde de descanso.

Al salir de Corazón de Maguey no hay como enfrentarse a la majestuosa vista panorámica del Jardín Centenario, con la Fuente de los Coyotes —escultura de Gabriel Ponzanelli—, que embellece el cuadro, y, a mi izquierda, la parroquia de San Juan Bautista, ex convento del siglo XVI que te hace recordar la herencia histórica del sitio en el que estás parado.

Continúo mi camino por la calle empedrada de Francisco Sosa, hacia la Plaza Santa Catarina. Subo a mi vehículo y me doy cuenta de que es perfecto para surcar estos caminos sinuosos; su estabilidad me hace sentir que no hay trayecto que no pueda recorrer. Además, los detectores de objetos me ayudan a salir sin problema de las calles estrechas de este barrio.

Una tarde para dedicarla a mí y a todo aquello que nutre mi persona. Así son mis tardes, así es nuestro lujo, nuestros momentos.

Fuente: Travesiasdigital

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