Por: Dra. Graciela Zarebski
Levantemos la «bandera del orgullo mayor» como una invitación a que las organizaciones y centros comunitarios reconozcan y visibilicen la potencia que tienen las personas mayores en la defensa de sus derechos. Este enfoque busca también cambiar la percepción de los jóvenes frente a la vejez, promoviendo que vean a las personas mayores no como una carga o limitación, sino como sujetos plenos de potencialidad y capacidades.
Envejecimiento como construcción continua del ser humano
La vejez es una etapa que ofrece la oportunidad de seguir creciendo como seres humanos. La integralidad en el envejecimiento es fundamental, no limitándose a la reserva cognitiva o cerebral, sino incorporando también la reserva vincular (vínculos sociales diversos) y la reserva espiritual (conexión con el sentido y trascendencia de la vida). Crear una «reserva humana» implica preparar un conjunto de recursos que permitan enfrentar una etapa que podría estar marcada por carencias.
Es importante anticiparse a la vejez, desde la juventud, construyendo gradualmente una actitud introspectiva y reflexiva sobre el propio envejecimiento.
El paso del tiempo y la longevidad presentan el desafío de adaptarse con flexibilidad a los cambios y límites que aparecen. Estas limitaciones no deben verse solo como pérdidas, sino como indicadores y oportunidades para reajustar el sentido de la vida. La resiliencia juega un papel importante para quienes enfrentan con éxito adversidades y logran mantener una identidad flexible.
En contraste, las personas con una identidad rígida resisten el cambio y sufren consecuencias negativas, como duelos no elaborados que pueden derivar en depresión, deterioro cognitivo o pérdida de autonomía.
Hay «fuente de juventud» interna, que permite mantener un equilibrio saludable entre deseos, metas y limitaciones. Reconocer la propia condición y limitaciones corporales, y adaptarse a ellas sin negarlas, es una forma sana de vivir la vejez.
Para defender la autonomía y encontrar sentido, es fundamental la capacidad reflexiva y el autocuestionamiento, que deben cultivarse tanto en individuos como en profesionales que trabajan con personas mayores. La humildad es clave: aceptar lo que no se tiene y lo que no se puede hacer es un signo de identidad flexible, al contrario de la soberbia que caracteriza las identidades rígidas.
Este proceso permite conservar la riqueza psíquica, la creatividad, el humor, y la capacidad de disfrutar y jugar con los propios deseos y limitaciones.
Importancia del autocuidado biológico y aceptación de apoyos
La identidad flexible también tiene efectos biológicos: favorece el autocuidado, entendido como la responsabilidad sobre el propio cuerpo, aceptando la ayuda profesional y la utilización de apoyos como bastones o audífonos sin estigmas. El rechazo a estos apoyos puede conducir al aislamiento social y a un deterioro físico y mental.
Aceptar gradualmente las marcas del envejecimiento y la finitud, entendiendo que la muerte es un límite inevitable, permite que la persona llegue «viva a la muerte», es decir, con sentido y dignidad.
Un factor social protector es diversificar los vínculos y los intereses a lo largo de la vida, en vez de apoyarse en un solo «bastón» o sentido exclusivo (como la maternidad o el trabajo). Esta apertura a nuevos vínculos, incluidos los intergeneracionales, facilita la compensación entre pérdidas y ganancias, y posiciona a los mayores como transmisores de legado y mentores para las generaciones jóvenes.
Apoyar la vida solo en un sentido único crea un riesgo elevado. Por ejemplo, mujeres que solo se identifican como madres pueden sufrir un derrumbe cuando los hijos crecen; hombres cuya vida gira exclusivamente en torno al trabajo pueden sufrir graves crisis con la jubilación. Este tipo de identidad rígida es también la puerta a duelos patológicos y pérdidas de autonomía.
La introducción de factores protectores y la detección temprana de factores de riesgo permiten construir intervenciones personalizadas y flexibles que atiendan las necesidades específicas de cada persona mayor.
Programas flexibles y participación activa
Los programas para mayores no deben ser uniformes ni verticales, sino flexibles y adaptados a las singularidades de cada persona y su «vejez particular». Estos espacios deben ser lugares para pensar y reflexionar, además de recrearse, incluyendo actividades artísticas, recreativas y físicas orientadas a una longevidad saludable y con profesionalismo.
La educación para «envejecer bien» incluye el autoanálisis y el cuestionamiento constructivo, fomentando la apertura a nuevas experiencias, el desarrollo de nuevos intereses y la ampliación de redes sociales y de apoyo.
La longevidad como oportunidad y no como declive
Contrario al mito del envejecimiento como periodo de rigidez y declive, la mayoría de las personas se vuelven más flexibles al envejecer, dado que han aprendido a superar adversidades y adaptarse a cambios. La experiencia permite seguir reinventándose, ejemplo claro durante la pandemia donde muchas personas mayores demostraron mayor resiliencia que los jóvenes al adaptarse a las circunstancias adversas.
Reconocer y prepararse para las limitaciones futuras, así como mantener un propósito personal, son factores que permiten afrontar positivamente la vejez.
Hay literaria que aborda distintos aspectos del envejecimiento:
• Identidad flexible: libro con herramientas desde múltiples disciplinas (terapia ocupacional, recreación, arte, psiquiatría) para promover flexibilidad en la vejez.
• Prevención de la fragilidad: análisis enfocado en la subjetividad y diversidad de abordajes preventivos.
• El futuro se construye hoy: concepto de «reserva humana» para prepararse desde jóvenes.
• Padre de mis padres: análisis de las relaciones intergeneracionales, la dependencia y los roles familiares.
• Hacia un buen envejecer: obras que estudian desde el vínculo familiar hasta cuestiones específicas como las caídas, utilizando incluso referencias literarias.
La educación emocional y el autoconocimiento son esenciales para desarrollar flexibilidad y adaptabilidad, pero no todas las personas tienen acceso a esta formación, lo que contribuye a que mucha gente mayor tenga identidades rígidas y posteriores sufrimientos derivados.
El reparto desigual de capacidades emocionales y sociales se nota también en la diferencia de género y en cómo se afrontan los desafíos de la vejez.
Esta es una invitación a abrirse, a conectarse con la interioridad y a estar permeables a nuevas experiencias y vínculos. Esta actitud es fundamental para una longevidad saludable y con sentido.
A quienes trabajan con personas mayores, les recomiendo construir programas flexibles, inclusivos y reflexivos que escuchen y respeten la diversidad de vejeces, permitiendo que cada persona descubra y elija su propio camino con autonomía y dignidad.
Este planteamiento ofrece un marco integrador para abordar el envejecimiento desde una perspectiva positiva, proactiva y humana, en la que la vejez no aparece como un final decadente, sino como una etapa de oportunidades para seguir creciendo, aprendiendo y aportando a la sociedad con una identidad flexible y resiliente.


