Durante mucho tiempo se creyó que el cerebro llegaba a cierta edad prácticamente terminado. Hoy sabemos que conserva capacidad de cambiar, adaptarse y crear nuevas conexiones. En este proceso participa la BDNF, una proteína que ayuda a mantener sanas las neuronas y favorece la plasticidad cerebral. Una de las mejores maneras de estimular estos mecanismos es el ejercicio, pero el cerebro necesita además novedad: aprender algo, cambiar una rutina, bailar, estudiar, conversar con personas diferentes, recorrer un camino nuevo. Lo conocido nos da seguridad; lo nuevo obliga al cerebro a trabajar.
El hipocampo, una estructura fundamental para la memoria, el aprendizaje y la regulación emocional, conserva plasticidad a lo largo de la vida. La neurogénesis hipocampal —la formación de nuevas neuronas— continúa siendo objeto de investigación en humanos adultos, pero sabemos que el ejercicio, el sueño, el aprendizaje y el manejo del estrés ayudan a proteger la salud cerebral. Una buena pregunta para empezar el día podría ser: ¿qué voy a hacer hoy que mi cerebro todavía no conoce? No tiene que ser algo extraordinario. Basta con salir un poco del piloto automático.
También están los telómeros, estructuras que protegen los extremos de nuestros cromosomas y que tienden a acortarse con las divisiones celulares. La telomerasa es una enzima capaz de mantenerlos en determinadas células. Se habla mucho de ellos como si fueran el reloj del envejecimiento, pero la realidad es más compleja. No existe una fórmula mágica para rejuvenecerlos. Lo que sí sabemos es mucho más práctico: movernos, dormir bien, alimentarnos adecuadamente, mantener vínculos, no fumar y manejar el estrés favorece nuestra salud a muchos niveles. Y aquí la ciencia se encuentra con algo que las tradiciones contemplativas llevan siglos practicando: el silencio. Vivimos rodeados de estímulos. Mensajes, noticias, pendientes, conversaciones, pantallas y una mente que salta continuamente del ayer al mañana. ¿Cuánto tiempo pasamos realmente sin recibir información? Diez minutos diarios sin teléfono, música, televisión ni conversación pueden convertirse en un espacio para recuperar atención. No hay que hacer nada especial. Simplemente estar.
La meditación tampoco consiste en dejar la mente en blanco. Consiste en observar lo que ocurre sin reaccionar inmediatamente. Aparece una preocupación, la reconocemos. Aparece miedo, lo sentimos. Aparece un recuerdo, lo dejamos pasar. Así vamos descubriendo algo fundamental: no tenemos que obedecer cada pensamiento que aparece en nuestra cabeza.
Deepak Chopra llama Ley de la Potencialidad Pura a una idea espiritual, no científica: detrás de las etiquetas, obligaciones, miedos y personajes que hemos construido existe un espacio interior desde el que podemos observarnos y elegir. Podemos llamarlo conciencia, esencia, centro o simplemente nuestro mundo interno. El nombre importa menos que la práctica de volver ahí de vez en cuando y preguntarnos: ¿quién soy cuando dejo de responder a todo lo que los demás esperan de mí? No necesitamos convertir esto en otra lista de obligaciones. Podemos empezar con algo muy sencillo: mover el cuerpo, aprender algo nuevo, buscar unos minutos de silencio, respirar conscientemente y hacernos una buena pregunta cada día. ¿Qué necesito hoy? ¿Qué puedo soltar? ¿Qué merece realmente mi atención?
Cuidar el cerebro no consiste únicamente en conservar la memoria. Es mantener nuestra capacidad de aprender, cambiar, sorprendernos y adaptarnos. Y cuidar la vida interior es conservar un lugar propio al cual regresar cuando afuera hay demasiado ruido.
Envejecer bien tiene mucho que ver con estas dos cosas: mantener despierto el cerebro y cultivar nuestro mundo interior. ¿Empiezas hoy?


