A veces aparece en forma de una pregunta médica. Otras llega cuando los hijos hacen su propia vida, surge cuando cambian nuestras finanzas, cuando el cuerpo ya no responde igual o cuando simplemente nos damos cuenta de que el futuro ya no parece tan largo y predecible como antes.
Sin embargo, hay algo que los años nos enseñan: la incertidumbre no es un enemigo a vencer. Es una compañera con la que podemos aprender a caminar.
De jóvenes creemos que la vida se puede controlar. Hacemos planes, construimos certezas, imaginamos cómo será nuestro futuro. Pero la vida, tarde o temprano, nos muestra que nunca hubo garantías. Solo que antes no lo sabíamos. La diferencia es que ahora tenemos experiencia. Hemos atravesado pérdidas, cambios, decepciones y también alegrías inesperadas. Hemos sobrevivido a días que pensamos imposibles y hemos descubierto fortalezas que ni siquiera sospechábamos. Por eso, frente a la incertidumbre, no necesitamos tener todas las respuestas.
Necesitamos confiar en nosotros.
Confiar en nuestra capacidad para adaptarnos. En nuestra sabiduría para pedir ayuda.
En nuestra valentía para empezar de nuevo. Y, sobre todo, en nuestra capacidad de disfrutar el presente sin exigirle al futuro que nos dé todas las garantías.
Hacer amistad con la incertidumbre significa dejar de pelear con lo que no sabemos. Es dejar de preguntarnos obsesivamente: ¿Y si sale mal? para empezar a preguntarnos: ¿Y si encuentro una nueva manera de vivir? Significa aceptar que la vida sigue siendo una aventura hasta el final.
Porque todavía pueden aparecer amistades inesperadas. Todavía podemos enamorarnos.
Aprender algo nuevo. Cambiar de rumbo. Descubrir talentos dormidos.
Encontrar paz después de años de búsqueda.
La incertidumbre también es eso: un espacio donde cabe la sorpresa. No se trata de vivir sin miedo. El miedo es humano. Se trata de no dejar que el miedo tome todas las decisiones.
Hay una serenidad muy profunda que llega cuando dejamos de exigirle a la vida que sea segura y empezamos a agradecer que siga siendo posible.
Quizá la madurez no consiste en tener certezas. Quizá consiste en mirar lo desconocido y decir:
«No sé exactamente qué viene. Pero aquí estoy. Con mi historia, con mis heridas, con mis aprendizajes y con la confianza de que, pase lo que pase, encontraré la manera de vivirlo.»
Y tal vez ahí, justo ahí, la incertidumbre deja de asustarnos.
Y se convierte en libertad.


