julio 25, 2026 Concha León Portilla

La alegría empieza donde pones tu atención

Durante muchos años creí que la alegría dependía de lo que me pasaba. Llegaba cuando recibía una buena noticia, durante un viaje, al enamorarme, al cumplir un sueño o cuando la vida, generosamente, decidía regalarme un buen momento.

Concha León Portilla, consejos prácticos

Durante muchos años creí que la alegría dependía de lo que me pasaba. Llegaba cuando recibía una buena noticia, durante un viaje, al enamorarme, al cumplir un sueño o cuando la vida, generosamente, decidía regalarme un buen momento. Pensaba que la alegría era consecuencia de las circunstancias. Hoy ya no estoy tan segura.

La neurociencia nos está enseñando algo esperanzador: nuestro cerebro tiene la capacidad de seguir cambiando durante toda la vida. Se llama neuroplasticidad, y significa que las conexiones entre nuestras neuronas se fortalecen según aquello que repetimos… pero también según aquello a lo que prestamos atención. Imagina un prado. La primera vez que lo cruzas no existe ningún camino. Pero si recorres la misma ruta una y otra vez, poco a poco aparece un sendero. Después de un tiempo ya no necesitas pensar por dónde caminar; tus pasos encuentran el camino casi de manera automática.

Con nuestra mente sucede algo muy parecido. Si todos los días ponemos nuestra atención en las preocupaciones, en lo que falta, en los errores o en aquello que podría salir mal, vamos fortaleciendo esos caminos neuronales. Sin darnos cuenta, el cerebro se vuelve experto en encontrar motivos para preocuparse. Pero también ocurre lo contrario.

Cada vez que nos detenemos unos segundos para disfrutar una conversación, una flor que acaba de abrir, el canto de un pájaro, una carcajada, el aroma del café por la mañana o el abrazo de alguien que queremos, estamos creando otro sendero. Estamos enseñándole al cerebro a reconocer con mayor facilidad todo aquello que da sentido y belleza a la vida. No se trata de pensar en positivo ni de ignorar el dolor. Esto es algo muy distinto. Quizá la alegría y el dolor nunca han sido enemigos y hasta puedan convivir. Quizá las personas que parecen disfrutar más de la vida no son las que han sufrido menos, sino aquellas que, aun en medio de las dificultades, siguen siendo capaces de descubrir un motivo para agradecer, emocionarse o sorprenderse.

¿Cuántas veces vivimos el día sin estar realmente en él? Corremos, resolvemos problemas, anticipamos lo que viene, pensamos en lo que falta… y mientras tanto la vida sigue ocurriendo frente a nosotros. Creo que una de las mayores libertades que tenemos como seres humanos es recuperar el derecho a decidir dónde ponemos nuestra atención. Porque la atención es mucho más que mirar. Es la forma en que construimos nuestra experiencia de vida.

Cada instante en que hacemos una pausa para contemplar algo bello, para reír, para agradecer o simplemente para respirar con calma, estamos dejando una nueva huella en nuestro cerebro. Estamos entrenándolo para encontrar con mayor facilidad esos momentos. Tal vez esa sea la verdadera neuroplasticidad de la alegría. No que la felicidad aparezca por arte de magia, sino que cada vez que elegimos mirar la belleza, la bondad o la serenidad que todavía existen a nuestro alrededor, vamos transformando poco a poco el paisaje de nuestra mente. Y quizá, sin darnos cuenta, un día descubramos que la alegría nunca fue un lugar al que había que llegar. Siempre estuvo esperando en aquello a lo que decidimos prestar atención.

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