Sabemos que, conforme cumplimos años, necesitamos mantener el cuerpo flexible. Estirar, caminar, mover las articulaciones, conservar el equilibrio. Un cuerpo que deja de moverse se va haciendo rígido y cada vez le cuesta más recuperar su movilidad. Pero hay otra flexibilidad de la que hablamos mucho menos y que es igual de importante: la de la mente, las creencias y el alma. Porque también podemos volvernos rígidos por dentro. Durante muchos años vamos construyendo una manera de vivir. Tenemos nuestras costumbres, nuestras opiniones, nuestras rutinas y una idea bastante clara de cómo deberían funcionar las cosas. Y después de los 60, cuando ya hemos acumulado tanta experiencia, existe una tentación muy comprensible: pensar que ya sabemos cómo es la vida, y la vida sigue cambiando. Cambian los hijos y la relación que tenemos con ellos. Cambia el trabajo o llega la jubilación. Cambia el cuerpo. Cambian las parejas, las familias y los amigos. Cambia la tecnología. Cambian las formas de comunicarnos y hasta las reglas sociales con las que crecimos. Y nosotros tenemos que encontrar nuestro lugar dentro de esa nueva realidad.
La mente también necesita estirarse. Así como estiramos un músculo para que no pierda movilidad, necesitamos estirar nuestras ideas. Preguntarnos de vez en cuando: ¿esto que pienso sigue siendo cierto para mí? ¿sigo creyéndolo porque estoy convencido o porque llevo cuarenta años pensándolo? ¿podría haber otra manera de hacer las cosas? Cambiar de opinión no significa perder nuestros principios. Escuchar ideas nuevas no borra nuestra experiencia. Aprender algo diferente tampoco invalida todo lo que sabemos. Al contrario. Una mente flexible puede incorporar lo nuevo sin perder lo valioso de lo aprendido.
Hay otra rigidez más profunda: querer que la vida siga siendo como fue. Que nuestros hijos nos necesiten de la misma manera. Que nuestro cuerpo responda igual. Que ciertas personas permanezcan. Que las relaciones no cambien. Que nuestros planes se cumplan exactamente como los imaginamos. Y muchas veces sufrimos no solamente por lo que ocurre, sino por la distancia entre lo que está ocurriendo y lo que creemos que debería estar ocurriendo. Flexibilizar el alma es hacerle espacio a una vida diferente de la que habíamos imaginado. No significa resignarnos ni aceptar aquello que podemos cambiar. Significa reconocer la realidad y preguntarnos: con lo que hoy tengo, ¿qué puedo construir? Podemos haber sido de determinada manera durante décadas y descubrir otra forma de vivir a los 60, a los 70 o a los 80. Podemos aprender a pedir ayuda después de haber sido siempre independientes. Podemos poner límites cuando nunca supimos hacerlo. Podemos empezar una actividad, una relación, un proyecto. Podemos reconciliarnos con alguien. Podemos usar una tecnología que juramos que jamás entenderíamos. Y podemos cambiar de opinión. No porque antes estuviéramos equivocados, sino porque nosotros también seguimos cambiando. Porque después de los 60 la vida seguirá sorprendiéndonos. Algunas veces con cosas maravillosas y otras con situaciones que nunca hubiéramos elegido.
Un cuerpo flexible nos permite seguir moviéndonos por el mundo.
Una mente y un alma flexibles nos permiten seguir moviéndonos con la vida.


