—¿Qué dijiste?
—¿Me lo repites?
—Háblame más fuerte.
—Es que aquí hay muchísimo ruido.
La pérdida auditiva suele llegar poco a poco. Primero dejamos de entender algunas palabras cuando hay ruido. Después subimos volúmenes para escuchar, luego nos cuesta trabajo seguir una plática entre varias personas y empezamos a mirar la boca de quien habla para completar lo que no alcanzamos a oír.
Nos acostumbramos. Y ahí está el problema porque nos vamos quedando fuera sin darnos cuenta
Imagínate una comida. Alguien cuenta una historia, otro interrumpe, todos se ríen… pero tú entendiste la mitad. Preguntas una vez. A la tercera piensas: “Ya mejor no digo nada.” Descifrar cada frase cansa y, con el tiempo, podemos participar menos y aislarnos.
Además, hoy sabemos que la pérdida auditiva no atendida está asociada con un mayor riesgo de deterioro cognitivo. No significa que quien oye menos vaya a desarrollar demencia, pero sí que atender la audición es una forma de proteger también al cerebro.
No todo se resuelve subiendo el volumen
Si cada vez necesitas más volumen, te cuesta entender cuando hay ruido de fondo o tu familia lleva meses diciéndote que no oyes bien, vale la pena hacerles caso.
Una audiometría dirá qué está pasando y si necesitas auxiliares auditivos, hay algo importante que saber: adaptarse lleva tiempo. La tecnología ha avanzado muchísimo, sin embargo hay sonidos que se escuchan muy presentes y otros que se pierden. Incluso tu propia voz puede sonar de una manera distinta. Al principio puede resultar molesto y dan ganas de guardarlos en un cajón. No lo hagas.
El cerebro necesita acostumbrarse nuevamente a esos sonidos. Los aparatos requieren ajustes, constancia y paciencia. Pero el esfuerzo vale la pena cuando vuelves a seguir una plática sin adivinar palabras, disfrutas la música y dejas de gastar tanta energía tratando de entender a los demás.
No se trata solamente de oír más. Se trata de seguir formando parte de lo que sucede a nuestro alrededor y de prevenir el aislamiento.
Porque todavía queremos escuchar una voz querida, una carcajada, una buena canción, la lluvia o un secreto dicho bajito.
Recuerda que eres la persona más importante que tienes a tu cargo y que en gran medida, tu calidad de vida, depende de ti.


