Hace poco volví a leer “La muerte de Iván Ilich” de León Tolstoi, un texto que dice que el verdadero dolor no es la enfermedad, sino la lucidez tardía. Iván Ilich entiende, casi al final de la vida, que vivió según el guion correcto, pero no el propio. Cumplió con el deber se adaptó. Ascendió. Hizo lo razonable, sin lograr la paz. Interior.
Hay una forma inequívoca de renunciar a uno mismo: postergar.
No es dramática. No hace ruido. Se disfraza de prudencia, de responsabilidad, de excusas, “cuando las cosas se acomoden”. Pero a estas alturas ya sabemos algo esencial: las cosas no se acomodan solas. Se acomodan cuando lo decidimos y al actuar.
Durante muchos años, el deber fue primero. Ahora se trata de preguntarnos:
- ¿Qué deseo he aplazado por décadas?
- ¿Qué conversación sigo evitando?
- ¿Qué versión de mi sigue esperando turno?
En esta etapa, que puede ser la más lúcida, tenemos algo que antes no teníamos: experiencia, criterio y menos necesidad de aprobación.
La verdad es otra: si no es ahora, ¿vamos a esperar a cuando dé tiempo de empezar ese proyecto que nos ilusiona, de cuidar tu cuerpo con respeto y disciplina, de viajar mientras haya salud y energía, de estudiar lo que nos apasiona, de amar con más claridad, de retirarnos de lo que ya no nos representa?
Ya no es hora de decir: luego viajo, luego escribo. Luego pido perdón. Luego me atrevo. Luego descanso. El “luego” es un territorio peligroso. Porque no está garantizado.
En esta etapa, la más larga y también la más libre de nuestra vida, ya sabemos algo: que cumplir no es lo mismo que vivir. La longevidad nos da tiempo, pero no nos promete infinito. Y vivir más años no compensa no haber vivido los propios deseos.
Iván Ilich descubre cerca de la muerte que lo verdaderamente insoportable no es morir sino darse cuenta de que no vivió auténticamente. Nosotros todavía estamos aquí. Todavía podemos elegir. Tal vez no todo. Pero sí lo esencial.
A partir de hoy, no postergues un paso. Una decisión. Un límite. Un te quiero. La vida no se ordena sola. Vivamos con intención, congruencia y valor.
Abrazos,
Concha León Portilla
Directora de Enlace50 – El orgullo de ser grandes


