agosto 24, 2026 Concha León Portilla

¿Por qué nuestro cuerpo ya no sabe salir del estado de alerta?

Hay días en que aparentemente no pasa nada grave y, sin embargo, el cuerpo se comporta como si algo estuviera a punto de suceder.

¿Cómo liberar el cortisol?

Hay días en que aparentemente no pasa nada grave y, sin embargo, el cuerpo se comporta como si algo estuviera a punto de suceder. Nos despertamos cansados, dormimos con un ojo abierto, nos sobresaltamos por cualquier cosa, tenemos la mandíbula apretada, el estómago revuelto, el corazón acelerado o una sensación difícil de explicar: no podemos bajar la guardia. ¿En qué momento nuestro cuerpo olvidó cómo regresar a la calma? Nuestro organismo tiene un extraordinario sistema de supervivencia. Cuando percibe peligro, libera adrenalina y cortisol, aumenta la frecuencia cardiaca, moviliza energía y nos prepara para responder. El problema es que ese mecanismo fue diseñado para activarse y después apagarse. Hoy muchas amenazas no terminan. Una preocupación económica, un problema familiar, la salud, un mensaje que no llega, las noticias, el tráfico, una discusión que seguimos repasando horas después, la incertidumbre sobre el futuro, el teléfono que nunca deja de pedir nuestra atención. No estamos huyendo de un tigre, pero nuestro cerebro recibe durante todo el día pequeñas señales de “atención, algo puede pasar”. Y el cuerpo escucha. Últimamente hablamos del cortisol como si fuera una sustancia tóxica que hubiera que eliminar. No es así. Necesitamos cortisol para despertarnos, disponer de energía, regular la presión arterial y responder ante situaciones difíciles. El problema no es producir cortisol. El problema es vivir permanentemente con el acelerador pisado. Cuando el estrés se prolonga puede alterar el sueño, el apetito, la concentración, el estado de ánimo, la presión arterial y el metabolismo. Y cuando dormimos peor, tenemos todavía menos capacidad para enfrentar el estrés del día siguiente. Se forma un círculo. Y aquí sucede algo muy interesante: a veces el peligro ya terminó, pero el cuerpo todavía no se ha enterado. Podemos saber racionalmente que estamos bien y seguir sintiendo inquietud, porque una cosa es lo que piensa la cabeza y otra lo que ha aprendido nuestro sistema nervioso. Después de meses difíciles, pérdidas, enfermedades, conflictos o incertidumbre, podemos acostumbrarnos tanto a estar pendientes de lo siguiente que va a ocurrir que la tranquilidad empieza incluso a resultarnos extraña. Nos sentamos a descansar y pensamos en lo que falta. Nos vamos de vacaciones y seguimos revisando el teléfono. Tenemos una tarde libre y buscamos inmediatamente con qué llenarla. Hemos aprendido a hacer muchas cosas. Lo que estamos perdiendo es la capacidad de no hacer nada sin sentir culpa o inquietud. La buena noticia es que el cerebro y el cuerpo pueden reaprender. No necesitamos retirarnos tres meses a una montaña. Necesitamos introducir pequeñas señales cotidianas que le digan al organismo: “en este momento no hay una emergencia”. Caminar sin teléfono. Comer sin mirar una pantalla. Respirar lentamente durante unos minutos. Dormir a horarios más regulares. Salir a la luz natural por la mañana. Escuchar música. Conversar con alguien sin prisa. Estar en silencio. Hacer algo simplemente porque nos gusta y no porque sea productivo. Parecen cosas demasiado pequeñas, pero precisamente ahí está su fuerza: el sistema nervioso aprende por repetición.

Tal vez necesitamos dejar de preguntarnos cómo eliminar el estrés. El estrés forma parte de estar vivos. Habrá problemas, pérdidas, pendientes, incertidumbre y días difíciles. La meta no puede ser construir una vida donde nada nos altere. La verdadera habilidad es otra: poder activarnos cuando la vida lo exige y saber regresar cuando la amenaza ha pasado.

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