septiembre 24, 2026 Concha León Portilla

¿Y si la vida no espera a que todo se resuelva?

Hay momentos en los que sentimos que nuestra vida quedó en pausa.

Estamos esperando una respuesta, atravesando una enfermedad, terminando una relación, viviendo una pérdida o simplemente intentando entender qué sigue.

Y pensamos: cuando esto termine, volveré a mi vida. Pero ¿y si ese tiempo también es nuestra vida?

El budismo tibetano tiene una palabra para esos periodos: bardo. Es el espacio entre algo que terminó y algo nuevo que todavía no comienza. Un territorio incómodo porque ya no podemos volver atrás, pero tampoco sabemos qué hay adelante.

Los japoneses tienen otro concepto fascinante: ma. Es el intervalo, el espacio entre las cosas. En la música, por ejemplo, no sólo importan las notas: también los silencios. Sin ellos no habría música.

Nosotros, en cambio, tenemos una enorme necesidad de llenar los espacios. Si no sabemos, buscamos respuestas. Si algo termina, queremos saber inmediatamente qué sigue. Si aparece el vacío, corremos a ocuparlo.

Quizá podríamos aprender a permanecer un poco más en el “todavía no sé”.

Y hay una tercera palabra que me gusta mucho: ānanda, del sánscrito. Se traduce como dicha o plenitud. No significa estar felices todo el tiempo ni negar lo difícil. Significa algo mucho más interesante: que la vida puede contener miedo y alegría, incertidumbre y belleza, dolor y momentos profundamente buenos al mismo tiempo.

Tal vez vivir plenamente no sea conseguir que todo esté bien.

Tal vez sea dejar de decirnos: cuando esto se resuelva, entonces viviré.

Porque la certeza absoluta nunca llega. Resolvemos una cosa y aparece otra. La vida siempre está cambiando.

Así que quizá la pregunta no sea solamente:

¿Qué va a pasar?

Sino otra mucho más importante:

Mientras descubro qué va a pasar, ¿cómo quiero vivir?

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